El sillón del amor me habla cada noche suavecito, cuando ya los quehaceres cotidianos me abandonan, y entonces me abraza en silencio para pasar un ratito a solas conmigo. Él y yo, acurrucados muy juntos bajo un manto de estrellas embriagadas por nuestros besos de vino.Momentos mágicos vividos para siempre, regalos de la vida que te visitan cada noche en la tenue calma de la oscuridad tardía.
Cuando estás contigo a solas, lo vivido siempre vuelve y te recuerda que realmente existió para que no te engañes cuando la razón te convence de que no fue así, o de que el olvido es mejor.
Mejor, peor, igual: valoraciones egocéntricas que nos desconectan de la vida tal vez, pero que nos ponen a salvo. ¿A salvo de qué? de la falsa seguridad, enfermiza herencia de esta modernidad individualista y liberal.
¡Sssshhh…! Deja de pensar y siente. Grita al viento sintiendo que estuviste allí, en ese lugar hijo del abrazo de dos egos diluidos para entrelazarse hasta la locura en la unicidad del Ser.
¡Uhmmm…! Me quedé dormida en los oníricos brazos del sillón del amor. Y al despertar, dos copas de vino vacías y un sillón dormido me revelaron que no todo había sido un sueño.



